La crisis también es emocional

Autora: María Palencia|@MariaaBuzz

Desde mi cueva de desánimo y desesperación intento comunicarme con el universo, con el cosmos, con Dios, con quien sea que me dé razones para continuar aguantando la pena y la zozobra que causa vivir en Venezuela.

Me quedo sin opciones, sin alternativas a la crisis emocional. Se olvidan de hacer titulares sobre los estragos que ha causado la revolución en el sentir de los mortales. Nosotros lo débiles, los sensibles a los cambios, los obsesionados con la vida rutinaria o más bien, a los acompañantes de rutina, hemos visto cómo se derrumba nuestra trama. Cuando nos preguntan cómo nos ha afectado la crisis, esperan respuestas sobre los cambios relativos a la economía, al trabajo, a la huida del país, pero nadie pretende averiguar cómo nos ha cambiado emocionalmente esta catástrofe.

He visto cómo los individuos han cambiado para mal, observo como milagrosamente otros han cambiado para bien. Aunque ese cambio sólo lo he visto en quienes apoyaban el proceso y hoy se arrepienten. De todas maneras, yo no creo en revolucionarios arrepentidos. Es como un asesino que luego de cometer mil tragedias decide cambiar de parecer porque se dio cuenta que sus motivos estaban errados. Como los nazis, que luego se dieron cuenta que estaba mal lo que hacían, pero sólo cuando se vieron acabados en la guerra, no antes. La clarividencia no les llego en los momentos de triunfo y de disfrute, sino cuando se les acabaron las razones para seguir vistiendo, hablando y pensando como sus líderes, cuando se les acabó el pan, la alegría y la comodidad de vivir como los supremos. Los nazis, no los revolucionarios. Cualquier parecido, son inventos míos. O de la historia.

Y aunque nadie me lo ha preguntado, compartiré con quien se toma la molestia de continuar leyendo estas líneas, el cambio que ha causado en mí esta época de involución social.

Cuando estaba en bachillerato soñaba con ser un pulpo trabajador, hacer mil cosas a la vez. Anhelaba trabajar veinte horas y dormir cuatro, sólo para darme todas las comodidades que se me antojasen y evitar pensar en trivialidades correspondientes a la naturaleza humana, lo que para mí siempre será el enemigo del progreso y la evolución de los hombres. En la universidad dormía poco, comía poco, estudiaba más de la cuenta para mantener buenas calificaciones mientras estudiaba dos carreras a la vez. No salía, no debía, no rumbeaba; pocos amigos, cero travesuras. Mi única fantasía era quemar mis pestañas lo suficiente como para que el trampolín en el que saltara me llevara directo al éxito, a la capital del país, al mundo de lo fascinante.

Poco a poco mis energías descendían, pero mis ganas siempre fueron las mismas. Me animaba pensando que dormir 4 horas sin recibir ninguna paga por los momentos, traería sus beneficios; que dedicar mi vida a los estudios, como hasta ese momento lo había hecho desde que tenía uso de razón, me haría invencible ante los retos del futuro. Pero qué iba a saber yo que el futuro no traería retos, ni desafíos, sino unas ganas terribles de renunciar a la vida y a todo lo que había creído en mi niñez, en mi adolescencia y en mis primeros años de adultez.

Hoy, a los 22 años, no tengo motivos para seguir soñando. En un país donde trabajar no tiene sentido, donde el sueldo no alcanza ni para los pasajes, donde comer es un lujo, llegar vivo a casa después de la jornada laboral es una bendición y morirse es la deuda más grande que hereda una familia, es inútil pretender que queremos seguir.

Todos se van, quien se queda es porque no ha podido reunir el dinero para huir. La gente me da una lista de mil razones por las cuales no debo renunciar a una vida junto a familia, donde pese a las circunstancias, hemos conseguido alternativas para mantener llena la despensa. Pero el universo no se molesta en darme ni un motivo para continuar.

Vivo con la agonía de que lo poco que en familia tenemos, se derrumbe. Con el miedo de ver a mis hermanos enfrentarse a un mundo de tiburones hambrientos, naufragando en un mar oscuro y sin posibilidades, donde es más tentativo lanzarse a los dientes de las bestias. Con la desilusión de que los deseos de mis padres de vernos prosperar se hagan trizas. Con la desesperanza de no poder salir de este caos, de esta pesadilla sin iluminación.

La revolución me ha vuelto fría, desconfiada, me ha dado la malicia que no tenía para pensar que todo el que hace contacto visual conmigo en la calle es porque viene a arrebatarme lo que llevo encima. Me ha dejado sin sueños, sin fe, sin razones para pensar que hay luz al final del túnel. Me ha quitado a mis amigos, familiares, hasta mis canales de televisión favoritos. Y ni hablar de las ganas de matarme un antojo. Rabia, odio, frustración, impotencia. Si hacen un escaneo de mis emociones, sólo esas van a encontrar. Sólo siento felicidad cuando estoy con mis hermanos, cuando mis papás aplauden los pocos logros que acumulo en mi corta carrera de periodista.

Me asquea escuchar a la gente hablar del tiempo de Dios. No es que me disguste hablar de él, sólo me harta que quieran justificar las tragedias causadas por el hombre en los planes que Dios tiene para nosotros. Aunque no comulgue con las religiones, creo que él debe sentirse decepcionado de su creación, de cómo la avaricia y la soberbia se apoderaron de una nación que pasaba desapercibida en cuanto a sus miserias. Aunque eran pocas, también existían.

En fin, la revolución me ha hecho involucionar mis emociones. Cada día me siento más animal, volviendo a nuestros orígenes. Cada vez soy menos sociable, menos conversadora. Sólo hablo por hablar, del trabajo, de lo que hago en mis reportajes. Lo menos posible, tampoco me gusta mucho tocar el tema a estas alturas. Ya no siento ni emoción de decir que voy avanzando en mi profesión en tan poco tiempo. No tengo ni un año de graduada y ya acumulo líneas en mi currículo que aunque sean pocas, pesan. Sin ánimos de ser pretenciosa. Sin embargo eso, ya no me causa felicidad.

Me siento condenada al hartazgo por la vida en mi país. Me siento de ningún lugar, vacía, sin rumbo. Sin razones para continuar. Ojalá que si esto llegase a terminar, inventen una fórmula para recuperar la humanidad dentro de quienes no fuimos suficientemente fuertes como para superar la crisis emocional.

La revolución me ha hecho menos persona, más robot. Me ha hecho evolucionar de humano a máquina. De eso se trata, ¿no? De avanzar. Para bien o para mal. En este cuento, para lo más bajo que se pueda llegar.

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