De vuelta a la realidad

Autor: Wilmer Suescún

De vuelta a la realidad fue lo primero que pensé al despertar. Eran las 4.00 de la madrugada y la alarma del celular me regresó a la angustiante vida que llevo.

Soy un joven venezolano que madruga un jueves de marzo para luchar, como el resto de los días, no precisamente para echarle ganas al trabajo y salir adelante, madrugo porque mi nevera está literalmente vacía, y sé que debo laborar como es normal, pero aquí es trabajar o comer.

Mi tarjeta de débito tenía muy poco dinero -como la del 87 por ciento de los hogares venezolanos que se encuentran en situación de pobreza según los resultados de la Encuesta Sobre Condiciones de Vida (ENCOVI) 2017- y quería ir a un supermercado a ver si corría con la suerte de conseguir alimentos. Levantarme tarde no era una opción, comprar comida es un lujo en Venezuela -donde la Canasta Alimentaria Familiar de febrero superó los 37 millones de bolivares y una familia de cinco integrantes necesita al menos 96 salarios minimos para adquirirla, segun el Centro de Documentacion y Analisis de la Federacion Venezolana de Maestros (Cendas)- y mis viejos me esperaban en la casa con el estómago tan desierto como el refrigerador.

Desperté y fui directo al baño. La madrugada era fría y silenciosa, pese a vivir cerca de una avenida muy transitada. No escuchaba el ruido de los motores, la soledad solo podemos entenderla en un país donde tener un vehículo es un dolor de cabeza por los altos costos de los repuestos e insumos. Conseguirlos, también es una odisea.

El agua estaba helada, intentaba ahorrar cada gota del balde que tenía, porque desde hace una semana no salía nada por la tubería y como es de costumbre, las autoridades competentes no ofrecían respuestas.

Cubrí mi torso con una chaqueta, estaba consciente de que me esperaba una cola interminable y de que el sol marabino amenazaría con calcinar parte de mis esperanzas. El jeans que llevaba puesto estaba desteñido por el tiempo y las gomas desgastadas y rotas por el ajetreo. ¡Era hora de comprarme unas nuevas!, disculpen el sarcasmo.

Salí volando de la casa; la oscuridad y la soledad de las calles eran aliados perfectos de la inseguridad que jamás nos da tregua. Estaba nervioso, miraba a todos lados… así fue durante todo el camino. El estacionamiento del supermercado estaba repleto de personas; unos tenían poco tiempo de haber llegado, pero otros se vieron obligados a sacudirse el sueño y amanecieron ahí.

¿Quién es el último?, pregunté al llegar.

¡Por allá está la lista!, respondieron.

Un señor se acercó y me la entregó; tan temprano y me tocó el número 47. A partir de ese momento comenzó la espera. Todas las conversaciones se basaban en lo mismo: Inseguridad, inflación, escasez, hambre, apagones y otros problemas que no menciono, porque jamás terminaría de escribir.

La oscuridad desapareció un par de horas atrás y el alboroto comenzó a sentirse una vez los portones empezaron a subir. Todos se acomodaron, uno detrás del otro. Peleaban, se quejaban y lamentaban, o simplemente observaban su entorno en silencio como yo.

Uno de los empleados pidió nuestras cédulas. Comenzó a nombrarnos y entramos al establecimiento.

Fui muy inocente, pensé que tenía suerte y que todo iría más rápido de lo que imaginaba. El panorama hasta ese momento pintaba bien, pero no, dentro del supermercado todo fue aún más complicado.

«No hay sistema, deben esperar», informó uno de los cajeros.

Miraba a mi alrededor y los estantes estaban vacíos, las personas no paraban de quejarse. Los minutos transcurrían y continuaba escuchando lo cansado que estaban todos de la situación. A simple vista se les notaba como la crisis los arropaba. Se veían débiles, sus ojos estaban hundidos, su piel era pálida y la ropa que traían puesta se notaba tan desgastada, que me sentía afortunado de mi vestuario.

«Esto no es vida», comentó una de las señoras.

«No, no lo es», respondí con impotencia.

Después de un largo rato gritaron, «llegó el sistema».

Luego de comprar -pareció eterno y se extendió hasta las 2.00 de la tarde- llevaba conmigo una bolsa con seis productos: dos harinas, un kilo de pasta, una margarina, un aceite, un kilo de arroz y un aliño. Adquirir los alimentos fue lo más difícil; el punto de venta estaba muy lento, e incluso, más de uno se fue frustrado o con una lágrima en sus mejillas, porque su tarjeta de débito no pasó.

«Tuvimos suerte», decían algunos, pero no creo que vivir este suplicio lo sea.

Caminé hasta la casa, quedaba cerca del super. Mis viejos esperaban sentados en el porche y la expresión de sus rostros cambió al verme con la bolsa. Fue frustrante verlos así; delgados y deprimidos luego de tantos años de estudio, esfuerzo, constancia y trabajo. Así es como viven dos abuelos jubilados en Venezuela.

«Hace más de cinco horas que no tenemos luz», dijeron. Bajé la cabeza, la impotencia se apoderó de mí, y ¡Al fin, dulce hogar!, quedo reducido a una frase lejos de la realidad.

Compartí con mis padres en la mesa y fui al baño a tratar de superar los problemas que arrastraba como un lastre desgastante. El agua y la luz habían llegado, era tarde y ahí estaba yo; tumbado sobre mi cama entre el silencio y la oscuridad, con el celular en las manos revisando los acontecimientos del día. ¿Y qué creen?, todas eran malas noticias.

Sabía que leer eso antes de dormir no era lo mejor, pero, ¿acaso quedan cosas positivas dentro de nuestra realidad? Sí, pero son muy escasas.

Uno de mis vecinos y compañero de trabajo, me escribió que nuestro jefe estaba molesto porque incumplí la jornada laboral, pero le dije que existía una cruda razón y que me prestara algo de dinero para ir a trabajar al día siguiente. Él estaba en las mismas, nos tocaba caminar.

Es duro vivir de ésta manera tan miserable, aunque dudo que podamos darle ese apelativo y es más razonable definir nuestra situación como supervivencia.

Regresé a mi refugio; a la nada. Sin ruidos, sin tormento alguno. No recuerdo cuando fue, pero ahí estaba, en absoluta tranquilidad. Quiero quedarme aquí, estoy dormido, pero no puedo, porque no es eterno, es solo por un par de horas. La alarma de mi teléfono lo hizo de nuevo… estoy de vuelta a la realidad.

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