Un Estado sediento de Justicia (II)

Sobre las mujeres recae la carga de garantizar el agua en los hogares zulianos. En el 81 por ciento de las viviendas los cortes de electricidad han afectado el acceso al vital liquido, y en cuatro de cada 10 algún miembro de la familia dejó de asistir a su trabajo o a la escuela por falta de agua.


Texto y fotografías: Francisco Rincón


Pese a que el cielo está nublado y caen pequeñas gotas que vaticinan un ventarrón, por la cara y el cuello de María escurren chorros de sudor. La acompañan sus dos pequeños, siete vecinos y un burro que languidece soportando la carga. Hace un par de horas salieron de su casa que está a 10 cuadras y desde entonces, llenan pimpinas, baldes y botellones, de una toma de agua improvisada que está al borde de una cañada que almacena basura y aguas putrefactas.

La mujer que tapa su nariz con un trapo blanco color tierra, narra sus vicisitudes mientras sus hijos, de 4 y 6 años, chapotean dentro de la cañada y buscan pescaditos para venderlos en una de las calles de su barriada.  En el documento “Los derechos humanos al agua potable y al saneamiento en la Agenda 2030”, se lee que no es que la cobertura de los servicios sea distinta para hombres y mujeres, sino que las consecuencias de la falta de acceso a agua potable y servicios de saneamiento afecta a las mujeres de modo particular.

Cuando no hay agua potable en las viviendas, el acarreo de agua corre a cargo principalmente de las mujeres y las niñas. Ir a recoger y transportar el agua lleva tiempo, y esa carga impide en muchos casos que las niñas asistan a la escuela. Además, normalmente, las mujeres están excluidas de la toma de decisiones relativas al agua y el saneamiento y como consecuencia de ello, sus necesidades y circunstancias específicas no se toman en consideración.

Mucho por nada

Al momento de realizar la encuesta en las calles zulianas -elaborada por MedioSur y la Comisión para los Derechos Humanos del Estado Zulia (Codhez) entre julio y septiembre de 2018 a 227 personas en el centro de Maracaibo y el sector Kilómetro 4 de San Francisco-, la mitad de las familias consultadas señalaron que invertían más de un millón de bolívares (10 bolívares soberanos) semanalmente para comprar agua para consumo, mientras que 39 por ciento de las personas consultadas afirmó que invertían entre 2 y 20 millones de bolívares (20 bolívares soberanos y 200 bolívares soberanos) semanalmente para comprar agua para uso doméstico.

Es decir, la mitad de los hogares zulianos destinaban más del 77 por ciento de un salario mínimo integral cada mes -5,19 millones de bolívares o 51,9 bolívares soberanos en ese entonces- para comprar agua para consumo, y el 39 por ciento de las personas entre dos y 15 salarios mínimos integrales por mes para comprar agua para uso doméstico.

A veces no tenemos dinero o efectivo para pagarle a los agüeros (camiones cisternas), y le damos a cambio un kilo de arroz, pasta o harina”.

Tras recolectar el agua junto a sus hijos, María guió al burro que carga los pipotes rebosados hasta su hogar. La odisea le arrebató la mañana y parte del mediodía, sus hijos no entregaron la tarea, y su esposo le gritó porque parte del líquido se derramó.

Ante la falta de agua, escasez o mala calidad, las madres y padres optan por no enviar al colegio a sus hijos o las personas dejan de asistir al trabajo, escenario que compromete su desarrollo intelectual, social, deportivo y recreativo, e impacta en la economía familiar.

 

Un liquido que impulsa la vida 

El agua vertebra los ecosistemas, las sociedades y las culturas. Provee de servicios esenciales a la población y es clave para reducir la pobreza, mejorar la salud de las personas, asegurar la alimentación y el desarrollo económico de las sociedades. Los medios de vida de muchas familias y comunidades dependen del agua. El acceso al agua para usos productivos, como la agricultura y otros negocios familiares, es vital para conseguir alimento, generar ingresos y contribuir a la productividad económica.

Marianella Herrera, directora del Observatorio Venezolano de la Salud (OVS), explica que no tener acceso al agua o que sea de mala calidad altera la bioutilización de los alimentos que es uno de los componentes de la seguridad alimentaria. El agua es imprescindible para preparar alimentos como sopas u otros, lavar la verduras y frutas, e hidratarse. “Cuando no hay agua suficiente, buena y segura, se vulnera la seguridad alimentaria y, por ende, el derecho a la alimentación”.

Cuando las personas no tienen el vital líquido, toman otros sustitutos, como un refresco o un jugo que puede ser más costoso o de mala calidad. Incluso, pueden consumir algo que no es bueno para su salud, como la ingesta de una bebida gaseosa por una persona diabética.

Las principales enfermedades que relaciona la nutricionista con la mala calidad o la insuficiencia de agua, son la deshidratación y la diarrea por el consumo de alimentos contaminados.

Que las personas caminen largas distancias para encontrar agua y luego carguen con su peso impacta terriblemente en su salud y, con frecuencia, refieren que sufren lesiones en la columna vertebral. Mientras van desde la fuente de agua hasta su casa, la mitad del agua se bota y pierden la mitad del esfuerzo que hicieron. Por este motivo, deben regresar a buscar más y, en el contexto actual, en el que las personas “no tienen la ingesta adecuada de calorías y nutrientes, el exceso del gasto energético es otro problema”.

Una tarea clave pendiente 

El agua limpia y el saneamiento están relacionados con los 16 objetivos de desarrollo sostenible restantes de la Agenda 2030 de Naciones Unidas y son fundamentales para su cumplimiento.

El agua y el saneamiento disminuyen la vulnerabilidad y mejora los ingresos familiares. Son claves para la productividad agrícola y el procesado de alimentos. Mejoran el rendimiento escolar y disminuye el abstencionismo en las escuelas. Su vulneración afecta especialmente a mujeres y niñas e impide la igualdad de género. La producción de energía es altamente dependiente del agua y esta es fundamental para alcanzar energías asequibles y no contaminantes.

Aumentan la productividad laboral y el crecimiento económico. Sirven como espacios para la innovación y son claves para las industrias e infraestructuras. Son fundamentales para la inclusión social y económica de los más pobres. Las muertes y pérdidas económicas por desastres están relacionados con el agua. Frenar la contaminación del agua por productos químicos y residuos permite alcanzar la producción y el consumo responsable. El agua es clave en la adaptación al cambio climático y resiliencia de las personas, actividades económicas, ecosistemas, entre otras.

La crisis hídrica la resienten todos los sectores de la sociedad, como las personas LGBTQ+ (Lesbianas, Gais,​ Bisexuales, Transexuales y Queer), que no escapan de esta realidad y además de sufrir los embates de la escasez, nulo acceso, mala calidad del agua, estrés, impacto físico y emocional, los estereotipos, la discriminación y los estigmas, terminan de sacarlos del juego y amenazan con dejarlos aun más secos.


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